Cinco hombres son contratados para pintar la línea divisoria de una
carretera que conecta dos pueblos de México, este viaje del 200km les cambiará
su manera de ver y entender la vida.
Zygmunt Bauman acuñó el concepto de estado líquido, para referirse a la fluctuación que provoca la transitoriedad de todas las cosas en esta etapa de la Modernidad. Primero por el advenimiento de la globalización de los mercados, después la de las comunicaciones y finalmente por el atravesamiento de casi toda la cultura por esta urgencia que se despliega en muchas personas por cambiar. A veces sin saber muy bien qué ni para qué. Pero cambiar.
En la solidez las cosas están quietas. En la liquidez, se dispersan. Ignacio Lewcowicz leyó ahí la metáfora del efecto naufragio, para referirse a esta situación, en relación con el entorno. En un naufragio, si uno no hace nada, lo que está junto se separa. Es decir que para mantener eso que está unido, en el inicio de una situación de naufragio, hay que aplicar allí un trabajo. Una acción que antes —en la solidez— no era necesaria.
La película “La delgada línea amarilla” habla de eso. El trabajo de pintar la línea sobre el camino, no es solamente la delimitación simbólica de una frontera que divide mundos diferentes (la risa y el llanto, el bien y el mal o la vida y la muerte). Por distintas razones todos ellos son náufragos de distintas catástrofes. La línea amarilla es un cordel que trazan entre todos y los mantiene unidos a lo largo de ese trayecto. Con los avatares que eso tiene, con la traición, con el afecto, con las rabietas de ese capataz que no encuentra otro modo que el de ser hosco, para protegerse de su propio naufragio y que —finalmente— consigue aliviar, proyectando su propio hijo en Pablo, antes del desenlace.
Algo que me pareció amoroso del guión es cómo construye la historia de esa “solidez en lo líquido” deteniéndose a mirar por distintos pares de relaciones. Hombres toscos, curtidos por el sol y por la vida, que son capaces de acercarse al otro a indagar por su historia, de reírse, de escucharse, de hacer travesuras…Todo eso en un ámbito con un contraste maravillosamente explotado: en un paisaje desolado, desértico, inhóspito, una historia de infinita ternura y sacrificio, como una pequeña procesión (lo muestran varias escenas), va atravesando la pantalla. El camino. La Vida.
Un cordel amarillo para los náufragos
ResponderEliminarZygmunt Bauman acuñó el concepto de estado líquido, para referirse a la fluctuación que provoca la transitoriedad de todas las cosas en esta etapa de la Modernidad. Primero por el advenimiento de la globalización de los mercados, después la de las comunicaciones y finalmente por el atravesamiento de casi toda la cultura por esta urgencia que se despliega en muchas personas por cambiar. A veces sin saber muy bien qué ni para qué. Pero cambiar.
En la solidez las cosas están quietas. En la liquidez, se dispersan. Ignacio Lewcowicz leyó ahí la metáfora del efecto naufragio, para referirse a esta situación, en relación con el entorno. En un naufragio, si uno no hace nada, lo que está junto se separa. Es decir que para mantener eso que está unido, en el inicio de una situación de naufragio, hay que aplicar allí un trabajo. Una acción que antes —en la solidez— no era necesaria.
La película “La delgada línea amarilla” habla de eso. El trabajo de pintar la línea sobre el camino, no es solamente la delimitación simbólica de una frontera que divide mundos diferentes (la risa y el llanto, el bien y el mal o la vida y la muerte). Por distintas razones todos ellos son náufragos de distintas catástrofes. La línea amarilla es un cordel que trazan entre todos y los mantiene unidos a lo largo de ese trayecto. Con los avatares que eso tiene, con la traición, con el afecto, con las rabietas de ese capataz que no encuentra otro modo que el de ser hosco, para protegerse de su propio naufragio y que —finalmente— consigue aliviar, proyectando su propio hijo en Pablo, antes del desenlace.
Algo que me pareció amoroso del guión es cómo construye la historia de esa “solidez en lo líquido” deteniéndose a mirar por distintos pares de relaciones. Hombres toscos, curtidos por el sol y por la vida, que son capaces de acercarse al otro a indagar por su historia, de reírse, de escucharse, de hacer travesuras…Todo eso en un ámbito con un contraste maravillosamente explotado: en un paisaje desolado, desértico, inhóspito, una historia de infinita ternura y sacrificio, como una pequeña procesión (lo muestran varias escenas), va atravesando la pantalla. El camino. La Vida.
Por eso, larga vida al Cineclú!!
Hermosa película y clara descripción la tuya. Gracias
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