Frida, una niña de seis años, afronta el primer verano de su vida con su nueva familia adoptiva tras la muerte de su madre. Lejos de su entorno cercano, en pleno campo, la niña deberá adaptarse a su nueva vida.
El CineClú Rosario, reencuentro con las palabras (Parte 1)
Arrancó El CineClú Rosario. Como en aquel antológico programa radial de Hugo Guerrero Marthineitz, en todo el trayecto que me llevó a la sala repleta de la Mutual de Empleados de Comercio, todo tiempo tañía, dentro de mí, como un latido; la palabra “reencuentro”. No había otra. Y no sabía por qué. Guerrero Marthineitz atravesó toda aquella emisión diciendo una y otra vez, en diferentes tonalidades, esa única palabra y pasando música.
En el azar no hay intencionalidad, uno la encuentra y lee ahí un texto que parece haber sido escrito para la ocasión. La película anunciada para la función estreno era Verano 1993, de la directora catalana Carla Simón. Apenas iniciada, se me hizo imposible no leer en el título un homenaje a Verano del 42 (Robert Mulligan 1971). Y no solamente por la estructura gramática elegida para el título, sino porque en aquella película también se trataba de una historia donde faltaron las palabras, donde había unos adultos que no podían encontrar cómo decir algo a un niño, acerca de lo que estaba ocurriendo.
En aquella se trataba del empuje erótico de un varón adolescente hacia una joven mujer adulta, recién anoticiada de la muerte de su marido en la guerra. En esta, de una niña que debe atravesar la muerte de sus padres con una nueva familia. En las dos historias faltan las palabras. Hay un hiato de más de 20 años entre una y otra. Aquellos adultos de Verano del 42 no las tuvieron y tampoco estos padres que recogieron a Frida. No tener palabras supone actuar un mandato (cumplir el rol parental) sin poder alojar, sin acoger y eso está exquisitamente mostrado en la película.
Cuando eso se hace insoportable, Frida se va de la casa. Y ese pasaje al acto tuerce el rumbo de las cosas. Un tiempo antes, cuando la niña va a instalarse en casa de esos tíos que intentan adoptarla, la cámara muestra cuidadosamente la operación mediante la cual Frida toma posesión de su cuarto. El acto está desplazado al relato de cómo va ubicando en el rincón de un estante, cada uno de sus muñecos y pasando revista de quién se lo había regalado. La única muñeca del grupo, flaca (tipo barbie) y raquítica, en relación al resto de los peluches, se resiste a ser ubicada en el lugar en que quiere ponerla Frida y se cae de esa posición un par de veces. La cámara se detiene en el incidente. La muñeca se llama Esmeralda y Frida dice: me la regaló mi mamá.
Quienes tuvimos infancias atravesadas por naufragios y conseguimos —con el paso del tiempo— llegar a alguna orilla, guardamos siempre una pregunta que es difícil de responder: ¿cómo hicimos? ¿cómo fue que pudimos atravesar aquello? Después de haberle hecho toda clase de tropelías a Anna, su hermana menor, Frida le obsequia su muñeca Esmeralda, poco antes de irse. No está muy claro que esa muñeca estuviera puesta en el lugar de ser su objeto transicional, pero podría serlo (Donald Winnicott decía que el lugar del objeto transicional era ni adentro ni afuera, sino en un espacio intermedio entre ambos, que servía para abordar el mundo exterior). En todo caso, la directora —en la escena de la llegada a la habitación— se encarga de subrayar el valor simbólico de esa muñeca. En algún momento Frida le explicará a su hermanita que todos los muñecos se los regalaron personas que la querían mucho.
Aunque solo se puedan hacer especulaciones respecto a ese gesto, lo cierto es que la niña se desprende de ese objeto y se marcha. Llega hasta la carretera y se vuelve. Cuando se encuentra con que toda la familia está buscándola, les dice: Mañana me voy de nuevo. Ahora está muy oscuro. (sigue en la Parte 2)
El CineClú Rosario, reencuentro con las palabras (Parte 2)
Lo cierto es que ese acto de la niña desencadena en esa madre adoptante, algo de una ternura que estaba oculta, retenida y que era para Frida. Por la noche, Marga —esta madre— va hasta su cuarto, la acaricia y puede abrazarla por primera vez. Alojarla. Recién entonces se arma el lazo entre ellas. Ese gesto de la madre, habilita la posibilidad de que Frida pueda empezar a preguntar sobre qué pasó con sus padres, porque hasta ahora sólo sabía lo que escuchaba en las conversaciones que se hacían en voz baja entre los adultos. Pero nadie se había detenido a ponerlo en palabras para ella.
Carla Simón, la directora, dice “aunque mis recuerdos sean vagos, esta película retrata ese período con la niña que yo era entonces, como protagonista” Y yo especulo que esta es la respuesta que ella construyó a la pregunta por cómo pudo atravesar aquel infierno. Aquello que la madre no pudo anticipar, lo hizo la niña, lo provocó en ese acto desesperado y desesperante de soltar la muñeca que le había regalado su madre y dejarla en esa casa donde ella no se siente alojada. Después que esa escena empieza a estabilizarse, el afecto comienza a circular de otra manera en esa familia y recién entonces Frida puede romper a llorar.
Treinta años después de la historia que se cuenta en Verano 1993, seguimos, como sociedad, sin encontrar las palabras que nos muestren más hermanos que individuos, más diversos que enemigos, y creo que eso es lo más valioso que El CineClú Rosario, nos vino a proponer en este reencuentro profundamente esperanzador con el Verano 1993, en el invierno 2022. Gracias, gracias, gracias. Larga vida al CineClú Rosario.
El CineClú Rosario, reencuentro con las palabras (Parte 1)
ResponderEliminarArrancó El CineClú Rosario. Como en aquel antológico programa radial de Hugo Guerrero Marthineitz, en todo el trayecto que me llevó a la sala repleta de la Mutual de Empleados de Comercio, todo tiempo tañía, dentro de mí, como un latido; la palabra “reencuentro”. No había otra. Y no sabía por qué. Guerrero Marthineitz atravesó toda aquella emisión diciendo una y otra vez, en diferentes tonalidades, esa única palabra y pasando música.
En el azar no hay intencionalidad, uno la encuentra y lee ahí un texto que parece haber sido escrito para la ocasión. La película anunciada para la función estreno era Verano 1993, de la directora catalana Carla Simón. Apenas iniciada, se me hizo imposible no leer en el título un homenaje a Verano del 42 (Robert Mulligan 1971). Y no solamente por la estructura gramática elegida para el título, sino porque en aquella película también se trataba de una historia donde faltaron las palabras, donde había unos adultos que no podían encontrar cómo decir algo a un niño, acerca de lo que estaba ocurriendo.
En aquella se trataba del empuje erótico de un varón adolescente hacia una joven mujer adulta, recién anoticiada de la muerte de su marido en la guerra. En esta, de una niña que debe atravesar la muerte de sus padres con una nueva familia. En las dos historias faltan las palabras. Hay un hiato de más de 20 años entre una y otra. Aquellos adultos de Verano del 42 no las tuvieron y tampoco estos padres que recogieron a Frida. No tener palabras supone actuar un mandato (cumplir el rol parental) sin poder alojar, sin acoger y eso está exquisitamente mostrado en la película.
Cuando eso se hace insoportable, Frida se va de la casa. Y ese pasaje al acto tuerce el rumbo de las cosas. Un tiempo antes, cuando la niña va a instalarse en casa de esos tíos que intentan adoptarla, la cámara muestra cuidadosamente la operación mediante la cual Frida toma posesión de su cuarto. El acto está desplazado al relato de cómo va ubicando en el rincón de un estante, cada uno de sus muñecos y pasando revista de quién se lo había regalado. La única muñeca del grupo, flaca (tipo barbie) y raquítica, en relación al resto de los peluches, se resiste a ser ubicada en el lugar en que quiere ponerla Frida y se cae de esa posición un par de veces. La cámara se detiene en el incidente. La muñeca se llama Esmeralda y Frida dice: me la regaló mi mamá.
Quienes tuvimos infancias atravesadas por naufragios y conseguimos —con el paso del tiempo— llegar a alguna orilla, guardamos siempre una pregunta que es difícil de responder: ¿cómo hicimos? ¿cómo fue que pudimos atravesar aquello? Después de haberle hecho toda clase de tropelías a Anna, su hermana menor, Frida le obsequia su muñeca Esmeralda, poco antes de irse. No está muy claro que esa muñeca estuviera puesta en el lugar de ser su objeto transicional, pero podría serlo (Donald Winnicott decía que el lugar del objeto transicional era ni adentro ni afuera, sino en un espacio intermedio entre ambos, que servía para abordar el mundo exterior). En todo caso, la directora —en la escena de la llegada a la habitación— se encarga de subrayar el valor simbólico de esa muñeca. En algún momento Frida le explicará a su hermanita que todos los muñecos se los regalaron personas que la querían mucho.
Aunque solo se puedan hacer especulaciones respecto a ese gesto, lo cierto es que la niña se desprende de ese objeto y se marcha. Llega hasta la carretera y se vuelve. Cuando se encuentra con que toda la familia está buscándola, les dice: Mañana me voy de nuevo. Ahora está muy oscuro.
(sigue en la Parte 2)
El CineClú Rosario, reencuentro con las palabras (Parte 2)
ResponderEliminarLo cierto es que ese acto de la niña desencadena en esa madre adoptante, algo de una ternura que estaba oculta, retenida y que era para Frida. Por la noche, Marga —esta madre— va hasta su cuarto, la acaricia y puede abrazarla por primera vez. Alojarla. Recién entonces se arma el lazo entre ellas. Ese gesto de la madre, habilita la posibilidad de que Frida pueda empezar a preguntar sobre qué pasó con sus padres, porque hasta ahora sólo sabía lo que escuchaba en las conversaciones que se hacían en voz baja entre los adultos. Pero nadie se había detenido a ponerlo en palabras para ella.
Carla Simón, la directora, dice “aunque mis recuerdos sean vagos, esta película retrata ese período con la niña que yo era entonces, como protagonista” Y yo especulo que esta es la respuesta que ella construyó a la pregunta por cómo pudo atravesar aquel infierno. Aquello que la madre no pudo anticipar, lo hizo la niña, lo provocó en ese acto desesperado y desesperante de soltar la muñeca que le había regalado su madre y dejarla en esa casa donde ella no se siente alojada. Después que esa escena empieza a estabilizarse, el afecto comienza a circular de otra manera en esa familia y recién entonces Frida puede romper a llorar.
Treinta años después de la historia que se cuenta en Verano 1993, seguimos, como sociedad, sin encontrar las palabras que nos muestren más hermanos que individuos, más diversos que enemigos, y creo que eso es lo más valioso que El CineClú Rosario, nos vino a proponer en este reencuentro profundamente esperanzador con el Verano 1993, en el invierno 2022. Gracias, gracias, gracias. Larga vida al CineClú Rosario.
Muchas gracias Daniel, conmovedor leerte
ResponderEliminarGracias a ustedes, Claudio!
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